La Hija Obediente [De Un Padre Autoritario]

Ahora, por ejemplo, Keiko Sofía se ha quitado las sobrias sandalias de taco que llevaba puestas y sacude las plantas de sus pequeños y redondeados pies. Es un miércoles de verano en Lima, marzo del 2007, un mediodía húmedo y pegajoso dentro de la camioneta de marca japonesa de la hija de Fujimori.

¿Por qué sonríe tanto Keiko Sofía, la primogénita de Alberto Fujimori?

I.

Cae bien. O, mejor dicho, es difícil que ella, Keiko Sofía Fujimori Higuchi, caiga mal, así uno se esfuerce para que eso suceda. Inténtelo. Piense en su padre. Alberto Fujimori es un ex presidente del Perú acusado de corrupción, de ser responsable de asesinatos y de construir, durante diez años, un país a su medida: un periodismo, una política, un sistema de espionaje a su medida. No se trata de una estadística generalizada, pero los dictadores no suelen ser recordados con cariño. Tampoco sus familias. En todo caso, la familia de un dictador se agazapa con los años y puedes olvidarla con indiferencia. A ella no. Keiko Sofía Fujimori fue la hija que más acompañó a su padre durante su gobierno y que luego, con un masoquismo tal vez premeditado, decidió seguir en política. Entonces, como quizá detestas a su padre –nada es tan seguro en el Perú–, por extensión tendrías que odiarla a ella. Es difícil. Keiko Sofía Fujimori cae bien. Tal vez ése sea el rasgo de carácter –de afuera hacia ella– que la define.

Ahora, por ejemplo, Keiko Sofía se ha quitado las sobrias sandalias de taco que llevaba puestas y sacude las plantas de sus pequeños y redondeados pies. Es un miércoles de verano en Lima, marzo del 2007, un mediodía húmedo y pegajoso dentro de la camioneta de marca japonesa de la hija de Fujimori. Hace unos minutos salió de su oficina y ahora se dirige hacia las afueras pobres de Lima. Las ventanas de la camioneta están cerradas y el aire acondicionado puesto al mínimo, lo cual permite percibir los efusivos olores de los cuerpos: un chofer, dos asesoras, una periodista y ella. Keiko Fujimori (perfume floral y dulce) va atrás y se ha quitado las sandalias y parece conmovedoramente buena hasta en ese gesto doméstico de sacudirse los pies de uñas perfectas y coger unas zapatillas blancas que permanecían en el suelo –cada una, con una media envuelta adentro–, y calzarse esas medias y colocarse esas zapatillas como si lo hubiese hecho mil veces (quizá lo ha hecho mil veces en este trayecto oficina-pueblo), mirando sonriente por la ventana, sólo porque ése parece ser su estado natural: Keiko Sofía siempre sonríe, incluso con la panorámica que hay al otro lado; las afueras pobres de Lima, los cerros marrones del desierto salpicado de casitas inconclusas. Sonríe. Aquí es.

Keiko Fujimori tenía apenas diecinueve años cuando sus padres se separaron y ella, la mayor de cuatro hijos, fue nombrada Primera Dama de la Nación. Era 1994. Hacía dos años que Alberto Fujimori, en el poder, había disuelto el Congreso de la República y detenido a algunos de sus rivales políticos. «El autogolpe», le llamaron sus detractores a ese primer arrebato dictatorial. Hacía dos años también que Keiko Sofía había salido del colegio Recoleta, donde cariñosamente le decían Chinita. El padre era el Chino y ella, la primogénita, era la Chinita. En su precoz carrera política, Keiko Sofía Fujimori fue la Primera Dama más joven de Sudamérica, asistía a reuniones privadas con los reyes de España, sonreía y era felicitada por Hillary Clinton, visitaba leprosorios donde cargaba y besaba niños y, en posadas para enfermos de sida, «abrazó a las mujeres reunidas en un cuarto [...] y compartió por unos instantes su dolor», decía el diario El Comercio en esos años. La hija mayor de los Fujimori creaba fundaciones benéficas y aprendía de su padre un recurso que a él lo ayudaría a ganar popularidad mientras gobernaba con mano de hierro: Fujimori se acercaba a la gente, bailaba con (y para) el pueblo, se vestía como ellos, les hacía regalos. «Un presidente como tú», era uno de sus eslóganes. Pero toda publicidad es engañosa y, en su versión 2007, el ex presidente intenta evitar una posible extradición al Perú desde Santiago de Chile. Entonces es su hija, Keiko Sofía, quien sigue haciendo excursiones a las zonas pobres –al mundo real–, ahora como congresista de la República, luego de que en el 2006 fuera elegida con más votos que ningún otro candidato, en toda la historia del Perú. Keiko Fujimori es popular y cae bien. El dato refleja más una histeria colectiva que la opinión de una minoría. Es posible que uno no la quiera, pero algo en ella hace que el resto –ese mundo real– no piense así. «Cuando la veo, se me erizan los pelos», dijo una fotógrafa de prensa. «No la soporto». «Con su cara de buena gente, algo oculta». «Hay algo que no me cuadra en ella». Ahora mismo, sin embargo, todos quieren a la hija Fujimori mientras baja de la camioneta japonesa vestida como ejecutiva con zapatillas blancas.

Ha llegado hasta la Organización del Vaso de Leche de Villa El Salvador, al sur de la capital, sólo porque a la presidenta de ese grupo de mujeres se le ocurrió mandarle una carta semanas atrás. Su pedido era uno solo: una cocinita a gas como regalo por el aniversario de su organización. En un principio, la presidenta del grupo no creyó que la congresista pudiese leer su carta, pero, al poco tiempo, recibió una respuesta. Keiko Fujimori no sólo les regalaría la cocinita a gas (de una hornilla), sino que haría la entrega del pedido en persona. Si hay algo que saben los que trabajan en la oficina congresal de Keiko Sofía es que todas las cartas, pidan éstas lo que pidan, deben ser respondidas. Es una orden de la misma congresista. Con un o con un no, lo importante es que haya una respuesta, que la gente sienta que ha sido escuchada por ella. Según sus asesoras más cercanas, dos mujeres a quienes algunos parlamentarios del mismo grupo fujimorista llaman de cariño «Las Chicas Superpoderosas», al despacho de la hija Fujimori llegan en promedio unas cuatrocientas cartas al mes, algunas con pedidos que no parecen hechos para una congresista, sino para un ser milagroso e imaginario como Papá Noel: Quiero un viaje de vacaciones, congresista Fujimori. Quiero dinero para contratar una orquesta para la fiesta de un sobrino, congresista. Quiero un vestido para un quinceañero. Quiero una cocinita a gas.

–Desde que estoy en el Congreso –ha dicho Keiko Sofía hace unos instantes, aún en el trayecto a Villa El Salvador– he ayudado a mucha gente, donándoles artefactos como cocinas y, en Navidad, cientos de juguetes para los niños.

Todo lo hace sonriendo, pero nunca se sabe si la imagen que Keiko Fujimori proyecta es natural o si forma parte de un cuidadoso sistema prefabricado para caerle bien a la gente. La hija mayor de Fujimori ha mantenido esa sonrisa incluso cuando la entrevistan acerca de la corrupción durante el gobierno de su padre. Ella sonríe. Tiene más de treinta años y sigue sonriendo como cuando tenía quince y él, su padre, sólo era candidato a la presidencia; y entonces ella, Keiko Sofía, salía de su casa con una jarra de jugo y una fuente de sándwiches para los periodistas que hacían guardia afuera. Con el tiempo, la sonrisa de Keiko Sofía se ha convertido en la marca registrada de su imagen personal. Cruza miradas con alguien en plena calle, y sonríe. Te ve de lejos, levanta la mano, te saluda moviendo los dedos, y sonríe. Jaime Bayly le pregunta en TV, en medio de su campaña electoral para el Congreso, sobre la relación entre Vladimiro Montesinos y su padre, y la primogénita sonríe. Entrega una cocinita a gas, y sonríe. «Ella camina por las calles y tiene una mezcla de chinita con gordita, cachetoncita, costurerita –diría el psicólogo Alejandro Ferreyros, en su consultorio–. Es una costurerita Chanel. Lo que pasa es que no anda con la etiqueta a la vista, a diferencia de otras primeras damas, que son ostentosas. Por eso genera simpatía, identificación». Sólo en Lima, existen al menos diez asentamientos humanos que se llaman como ella. Los bautizaron así cuando Keiko Sofía era Primera Dama y su nombre era una garantía para protegerse contra posibles desalojos. Si llamabas a tu barrio como a la primogénita del presidente, no te moverían de allí. Ahora, sin embargo, nadie en el Asentamiento Humano Keiko Sofía, Ventanilla, Callao, parece quejarse de ese nombre. «Es una mujer admirable, muy sencilla», dice una vecina del lugar. Por donde uno pregunte, qué piensas de Keiko Fujimori, las respuestas son un discurso repetido. En su colegio Recoleta, alguien dice: «Era una buena chica, estudiosa. Me apreciaba». No lo dice el director ni uno de los profesores, sino Paulina Pariona, una mujer que vende dulces afuera de ese colegio desde 1983. «He ayudado a mucha gente», había explicado Keiko Fujimori en su trayecto a la Organización del Vaso de Leche. Luego se calzaría las medias, las zapatillas blancas, y seguiría hablando.

–Le paso la voz a gente de mucho dinero y les pido que colaboren conmigo. Para mí es muy interesante el trabajo como congresista, en tanto no pierda el contacto con la gente.

Si hay algo característico en las visitas que hace Keiko Fujimori para cumplir con los pedidos que le llegan, es que a ninguna de ella convoca a la prensa. La cobertura periodística podría ser sólo una noticia en el diario del día siguiente, pero lo que Keiko Sofía parece hacer es trabajar pensando en el largo plazo. Ella no lo dice. Si le preguntas: cuál es tu meta cuando termines los cinco años en el Congreso, ella no te responderá: «Postular a la Presidencia»; no, jamás te diría eso. La hija Fujimori te respondería: «Quiero terminar mi maestría y ser mamá». Antes, cuando tenía diecinueve años y era Primera Dama, decía: «Si un día fuera presidenta, voy a ocuparme principalmente de los niños, pero antes tengo que ganar experiencia». Con la experiencia suficiente, su vida actual parece repetir las estrategias de su padre –visitar a la gente y sembrar regalos, generar rumores positivos–; lo que en el marketing se llama estrategia de boca a boca: que las vecinas hablen entre ellas, que los niños de los comedores populares escuchen leyendas sobre la sonriente Keiko Sofía, que esa bondad –calculada o no– se multiplique entre los electores. «La estrategia de la cocinita», la llamó la editora de un importante periódico del Perú. Regala una cocina y vencerás. Una estrategia que, llevada a la práctica, podría conseguir una sólida fidelidad electoral. Aunque la hija Fujimori –lo dijo en el trayecto a la Organización del Vaso de Leche– no quiere ser presidenta del Perú. Ya no. También, durante el trayecto, Keiko Fujimori le preguntó a una de sus asesoras:

–¿La señora a la que vamos a visitar sabe que no tenemos mucho tiempo, no?

–Sí, Keiko, ya hablé con ella –le respondió la asesora, como si fuese la tercera vez que respondía a esa pregunta.

–¿Y qué es lo que se está celebrando? –volvió a preguntar la congresista.

–Es el aniversario del comedor.

–¿Y el nombre del comedor cuál es?

–Es la Organización Distrital de los Comités de Vasos de Leche de Villa El Salvador.

–¿Y con quién voy a hablar?

–Con la presidenta de la organización.

Hay en Keiko Sofía una aparente necesidad de siempre querer estar preparada para lo que venga. Los errores no están permitidos, ni siquiera previstos. Según los que la conocen desde niña, esos deseos de tener todo bajo control siempre han sido parte de cualquier acto de su vida. Cuando fue elegida integrante de la selección de voley de su colegio, Keiko Sofía se dedicó a buscar en ese deporte la perfección. Kenyi Gerardo, el menor de los hijos Fujimori, dice que ése podría parecer un reto muy pequeño, pero su hermana, que le lleva cinco años, no se permitía fallar. Su padre aún no era presidente de la República y Sachi Marcela Fujimori, la penúltima de los hermanos, la ayudaba a entrenarse en casa.

–La Kei fue la que me enseñó a jugar desde chiquita y mataba fortísimo –dice Sachi Fujimori, entre risas, unos meses después de que su hermana saliera elegida congresista–, pero cuando yo le reclamaba por eso, ella me respondía que así iba a aprender.

Una vez que su padre fue elegido presidente, las prácticas de voley las hacían en uno de los patios de Palacio de Gobierno, formando equipos de seis personas cada uno, junto a su mejor amiga del colegio, Wendy Takahashi, y a los integrantes de la escolta de seguridad encargada de cuidar a los hijos del Presidente. Celmira Sánchez, quien era miembro de esa seguridad desde 1991, dice que, al principio, a sus colegas se les hacía incómodo jugar con la hija del que entonces era su «jefe». Sin embargo, con el tiempo, ellos mismos eran los que le proponían jugar partidos de voley. Toda la seguridad de Palacio adoraba a la hija mayor. «Yo daría mi vida por Keiko, no una, sino mil veces», dice ahora Celmira Sánchez, quien dejó ese trabajo cuando Alberto Fujimori renunció a la presidencia desde Japón y la Primera Dama-hija mayor tuvo que abandonar el cargo.

Karla Odesso vive en Miami y fue compañera de colegio de la futura congresista. Ahora, por correo electrónico, recuerda que cada lunes de quinto de secundaria los alumnos debían llevar una noticia del periódico y contársela al resto de la clase. La mayoría de las veces, nadie cumplía con esa tarea, pero Keiko Fujimori los sacaba de apuros porque siempre llevaba más de una noticia. «Cuando era algo referente a Palacio de Gobierno, todos en la clase nos reíamos y le decíamos a la profesora que no era justo, pues ella vivía allí», dice Odesso. Otro compañero de su clase, Óscar Alvarado, cuenta que él fue blanco de «burlas y humillaciones públicas» durante esos años escolares. «Pero Keiko –dice él— nunca me dejó de hablar como muchos sí lo hicieron». Franco Torterolo, quien también estudió en el colegio con la hija Fujimori, dice que Keiko Sofía se caracterizaba por ser la alumna que más ayudaba a los demás compañeros en cursos difíciles como Matemáticas. «Le gustaba ayudar. La imagen que se tenía de ella era la de un cerebrito, inteligente. Yo me acuerdo de Keiko como una chinita robotita», cuenta Torterolo. Wendy Takahashi, su mejor amiga, recuerda las madrugadas en que, dormida entre libros y cuadernos en la alfombra del dormitorio de Keiko Sofía, en Palacio, se despertaba de casualidad y la veía «chancando y chancando», que es como se le dice en el Perú a estudiar con exageración. En muchas ocasiones, fue el mismo Presidente quien, al escuchar bulla en medio de la noche, entraba al dormitorio de su hija mayor y le aconsejaba irse a dormir. Keiko Fujimori siempre ha querido ser la mejor. Una noche, meses después de casarse en el 2004 con Mark Villanella, un administrador de empresas estadounidense de ascendencia italiana, Keiko Sofía le preguntó a su esposo qué era lo que le faltaba para convertirse en la mujer perfecta. «Dejar de fumar», recuerda que él le respondió. La hija Fujimori se compró parches y chicles antitabaco y, poco después, dejó de fumar para siempre.

–No recuerdo un momento en el que mi padre no nos haya inculcado ser mejores que los demás –dijo un día Keiko Fujimori–. No hay razón para que yo no lo fuera.

El chofer de la camioneta de marca japonesa está por dar la sétima vuelta alrededor de la misma manzana en Villa El Salvador. Está perdido. Afuera, todo parece igual. Las calles no tienen nombre ni sentido del tránsito, las casas no tienen numeración, las pistas son de arena. El chofer se ha detenido para pedir indicaciones y, al abrir su ventana, entran unas cuantas moscas. Las asesoras se ven preocupadas. Pasan las páginas de sus agendas buscando algún dato que permita encontrar la casa de la Organización del Vaso de Leche. Keiko Fujimori mira por la ventana. Ni los nervios de sus asesoras, ni el calor que aumenta, ni las moscas que vuelan a su alrededor parecen perturbarla. En la radio se oye una canción de Marc Anthony, ella la tararea y, de cuando en cuando, sin dejar de tararear, mira la hora en la pantalla de su celular y voltea a mirar a sus asesoras. No le gusta llegar tarde a sus citas. Es de las primeras parlamentarias en llegar al Congreso y, si por algún motivo te hace esperar cinco minutos, te ofrecerá disculpas hasta estar segura de que las has aceptado. Por eso, ahora está incómoda, pero no lo demuestra. El tiempo sigue corriendo y Keiko Sofía sugiere que llamen por teléfono a la señora que espera la cocinita. Las asesoras lo hacen. Una moto adaptada para hacer taxi vendrá para guiar al chofer. La hija Fujimori, sudando, vuelve a sonreír.

No lleva maquillaje o, al menos, no más del indispensable. No viste ropa llamativa ni tiene un corte o color de cabello distinto al que ha llevado durante años. Sin embargo, al llegar a algún lugar público causa la misma reacción que cualquier artista o estrella de televisión. La gente voltea a verla, la señala, grita su nombre, la quieren tocar y hay quienes incluso lloran. Sí. Hay quienes lloran cuando ven a Keiko Sofía Fujimori. Lloran cuando ella habla en los mítines de su partido. La congresista con más votos introduce un bocado de comida en su boca y bebe un sorbo de Coca-Cola. La presidenta de la organización, junto a cuatro madres del mismo grupo, le explican sobre los problemas del Vaso de Leche de su distrito. Keiko Sofía parece escucharlas con atención. Sus asesoras toman nota de todo. La mesa está dispuesta para que se sienten, pero ellas permanecen de pie. Antes de llegar, Keiko Fujimori le advirtió a una de sus asesoras que no podía demorar en la entrega de la cocinita, y ahora ellas tratan de agilizar el diálogo con frases como «eso lo podemos ver más adelante», o «sería conveniente conversarlo en el mismo despacho de la congresista». Minutos más tarde, la visita termina. Todas las madres quieren registrar el momento con una fotografía. «Que se vea la cocina», dice una de ellas. Pero la fotografía no será el único registro de su visita. El rumor se esparcirá entre las madres, casas, calles, barrios, en todo el distrito. Las mujeres presentes se han comprometido a contarle al resto de miembros de la organización –más de diez mil madres–, sobre la cocinita entregada por Keiko Sofía en persona, porque la hija Fujimori estuvo allí, con ellas, vistiendo unas sencillas zapatillas blancas. Éso es lo que importa.


Ha pasado un mes desde la entrega de la cocinita en Villa El Salvador. Keiko Fujimori no lleva zapatillas ni traje de ejecutiva. Hoy viste un encendido saco naranja, el color de su partido, y está parada en un estrado también naranja y elevado frente a unas cinco mil personas, en el centro de Lima. En el estrado, la hija mayor de Fujimori está rodeada por los congresistas de su grupo político, su hermano Kenyi Gerardo, su esposo (que también sonríe siempre) y algunos amigos.

 

–Para no ser época electoral –dice uno de los asesores de la congresista Fujimori–, este mitin es un lograzo.

Hoy se celebra el décimo aniversario de la operación militar «Chavín de Huántar», con la que se rescató a setenta y un rehenes secuestrados por terroristas en la residencia del embajador de Japón en Lima, cuando era presidente Alberto Fujimori. Son más de las siete de la noche. A los fujimoristas les gusta alardear cuando recuerdan esa operación de rescate. Ahora mismo, las cinco mil personas gritan y cantan el estribillo de una canción que popularizó el apodo del ex presidente: «Chino, Chino, Chino». Dicen que «Chavín de Huántar» fue uno de los máximos logros estratégicos de su líder. Para otros, Alberto Fujimori habría violado los derechos humanos mandando a un grupo militar de elite para asesinar a los terroristas que habían tomado la residencia, cuando ya se habían rendido. Keiko Sofía Fujimori está parada en lo alto del estrado y baila, Chino, Chino, moviéndose de un lado hacia el otro. Chino. Abajo, se distinguen muchas camisetas naranjas con frases como «Te queremos, Chino», o «Chino = Paz». Hay otras camisetas, mucho más cercanas a la orilla del estrado, que llevan la firma estampada de Keiko Fujimori al lado de la palabra «Ángel». Sólo unas veinte personas tienen esa camiseta, y se encargan de la seguridad de la congresista, a quienes todos llaman «Los Ángeles de Keiko». El grupo se formó en la última campaña que la llevó al Congreso, pero se reúnen cada vez que los convocan.

–Muy buenas noches, queridos amigos fujimoristas –dice (grita al micrófono) Keiko Fujimori–. Mi primera palabra es gracias. Esto quedará grabado en mi corazón.

Detrás de Keiko Sofía, el congresista Carlos Raffo, quien es el maestro de ceremonias del mitin, hace una llamada desde su celular. Al marcar el número, voltea hacia el grupo de congresistas que lo acompañan y les hace señas con las manos, como dando a entender que al otro lado de la línea hay alguien muy importante, alguien que merece toda su atención. Raffo coloca el celular muy cerca de uno de los parlantes y lo mantiene así mientras habla Keiko Sofía. Ella se da cuenta y aumenta, inconsciente o no, el volumen de su voz. A su lado, hay una mujer que hace un instante bailaba con una falda ancha y larga llena de fotografías del ex presidente, que escucha el discurso de su hija desde el otro lado de la línea. «Keiko es la próxima presidenta», dice un simple espectador sin que nadie se lo pregunte. Por los parlantes, se ha empezado a oír una balada compuesta para Alberto Fujimori. Algunas mujeres, abajo del estrado, lloran. Otras, cantan la canción.

«Mi dieta se llama Vladimiro Montesinos», recuerda Cecilia Mosqueira, esposa de un ex ministro del gobierno de Fujimori, que le respondió Keiko Sofía a la pregunta de cómo había hecho para adelgazar tanto. Era el año 2001, ocho meses después de que el tercer y último gobierno de Alberto Fujimori terminara en medio de una de las peores crisis políticas de la historia del Perú. Durante esos últimos tiempos de crisis, en las marchas estudiantiles en contra del régimen, se escuchaba el grito: «El pueblo tiene hambre y Keiko está muy gorda». Pero la primogénita Fujimori ya había adelgazado y ahora cumplía veintiséis años. Para celebrarlo, había reunido a algunas de las esposas de los ex ministros de su padre y a sus dos fieles asesoras, «Las Chicas Superpoderosas», en un restaurante japonés en Lima. «Se le veía demacrada», cuenta Mosqueira, aunque seguía sonriendo. No era para menos. Luego de que se descubrieran los videos en los que el asesor de Inteligencia de su padre, Vladimiro Montesinos, compraba funcionarios y opositores con dinero del Estado, nada volvería a ser igual para los Fujimori.

Cuando se hizo público el primer vladivideo, en setiembre del 2000, el presidente convocó a sus ministros para una reunión de emergencia en su oficina de Palacio. Según Keiko Fujimori, su padre aún no tomaba una decisión respecto a qué debía hacer con su propio gobierno. José Chlimper, entonces ministro de Agricultura, recuerda que todos los ministros se sentaron en la oficina formando una media luna y, en el centro de ésta, quedó Fujimori. Mientras algunos ministros le aconsejaban que fuera drástico y definitivo con Vladimiro Montesinos, la Primera Dama ingresó a la sala, se sentó junto a su padre e interrumpió la conversación. Según Edgardo Mosqueira, quien era ministro de Trabajo en ese momento, Keiko Sofía le dijo a su padre –en tono enérgico– que él tenía que destituir a todos los comandantes generales del Ejército. «El presidente sólo se limitaba a mirarla –cuenta Mosqueira, seis años después–, pero de alguna forma se veía que le prestaba mucha atención a las palabras de la hija». José Chlimper, ahora en la oficina de la empresa agrícola de la que es presidente, dice que la hija de Fujimori «tenía una posición muy clara, muy ética, muy dura, de diferenciación y de distanciamiento permanente. El padre la escuchaba y, desde el momento en que ella estaba ahí y participaba, quería decir que se le tomaba muy en cuenta».

José Chlimper recuerda que fue Keiko Fujimori, y no su padre, quien le había advertido, al día siguiente de que él fuera nombrado ministro, en julio del 2000, sobre el papel que Montesinos desempeñaba en el gobierno. «¿Ya lo llamó el Doctor?», dice Chlimper que le preguntó Keiko Sofía. Cuando éste le respondió que no, ella le advirtió que si llegaba a recibir esa llamada, debía saber que Montesinos era un simple asesor. «Lo que ella me dijo ese día sembró una pepita que luego germinó y fue lo que me hizo tener más cuidado. De ahí viene mi lealtad con Keiko», cuenta Chlimper mientras busca en un álbum de fotos una imagen en la que se le vea junto a la ex Primera Dama. Según un actual asesor de la congresista Fujimori, quien trabaja junto a ella desde que era la Primera Dama, esa reunión con Chlimper formaba parte de un «plan secreto» ideado por Keiko Fujimori para poner en contra de Vladimiro Montesinos a todos los allegados a su padre. Keiko Sofía tenía sólo veinticinco años, pero ya movía influencias alrededor del Presidente. «Las esposas de los ministros son las personas que más pueden influir en ellos», era, según ese asesor, lo que pensaba la hija mayor del Presidente. A partir de entonces, la Primera Dama empezó a organizar lonches para invitar a las esposas a conversar sobre los problemas sociales del país. Se comenzó a generar una confianza entre ellas. En uno de esos lonches, Thaís Chlimper, esposa del ministro de Agricultura, le regaló a la Primera Dama el libro Las siete leyes espirituales del éxito, del gurú de la autoayuda Deepak Chopra. Cuenta Thaís Chlimper que Keiko Fujimori la llamó a los pocos días y le dijo que el libro lo iba a llevar consigo toda la vida como una guía.

En la revista estadounidense The Fletcher Forum of World Affairs, John Hamilton, ex embajador de ese país en el Perú desde 1999 hasta el 2002, escribió que en los meses previos a la crisis, la hija mayor de Fujimori había escapado del rol tradicional de una Primera Dama para expresar públicamente su posición política, y que además buscaba el apoyo del gabinete de ministros de su padre para sacar a Vladimiro Montesinos de su puesto de poder. En las reuniones privadas que Hamilton tenía como embajador con el presidente Fujimori, Keiko Sofía solía estar presente. Alberto Fujimori –escribió el embajador– le dijo que ella era una de las únicas personas en las que él confiaba. El periodista Luis Jochamowitz, autor de los libros Ciudadano Fujimori y Vladimiro: vida y tiempo de un corruptor, dice que uno de los aparatos preferidos del ex presidente desde que llegó al gobierno fue una máquina trituradora de papel que no dejaba pruebas de nada. Su hija mayor, la Primera Dama, cumplía casi el mismo rol de preservar los secretos. Lo que su padre le decía era procesado como en una máquina trituradora de papel.

–Aún en esos meses [previos a la crisis] yo y mi padre teníamos una relación muy cercana –cuenta Keiko Fujimori, a los pocos días de haber sido elegida congresista, en mayo del 2006–, desayunábamos juntos a pesar de nuestras discrepancias en la forma de pensar y de mis críticas abiertas a Montesinos y al Gobierno. Siempre nos mantuvimos unidos. Desde niños, él siempre escuchaba nuestra opinión, era muy importante para él, por muy ingenuos que hayamos sido de pequeños.

El tercer gobierno de Alberto Fujimori no había alcanzado ni siquiera los cuatro meses cuando él renunció desde Japón.

–Todo se me vino abajo cuando recibí la llamada de mi padre desde Japón –dice ahora Keiko Fujimori, sentada en la sala de la casa en la que vive con su esposo–. Durante dos días le dije que recapacitara, que si él iba a tomar una decisión lo hiciera desde acá, que no me dejara sola con todo.

Keiko Sofía dice que lloró y le suplicó que volviera. En los días que siguieron recuerda que ya no podía llorar más, como si estuviese seca por dentro. Días después de aquella llamada, la primogénita Fujimori, sentada en una habitación del sótano de Palacio de Gobierno, embaló, uno por uno, todos los regalos que su padre había recibido durante diez años: artesanías, cuadros, placas conmemorativas. Cada regalo, dice Keiko Fujimori, le hacía recordar el momento justo en que su padre lo había recibido. Sentía mucha nostalgia. Después reunió a los empleados que habían servido a ella y a su familia y, sin sonreír, se despidió de ellos. Una de sus asesoras recuerda que cuando se despidió de sus empleados, Keiko Sofía les pidió que «no dejaran de confiar en el ingeniero [en su papá], que él seguiría velando por todos ellos desde donde estuviera». Además, les advirtió, vendrían momentos difíciles.

A la congresista Keiko Fujimori le han preguntado en cientos de entrevistas acerca de la corrupción que acabó con el gobierno de su padre. Cientos de veces, ella ha respondido lo mismo: «Mi padre es inocente». Y sonríe. Sólo eso. Pero en el pasado de los Fujimori, no sólo el patriarca tendría más de un asunto pendiente por contestar. Keiko Sofía, cuando tuvo que asumir el papel de Primera Dama, estaba estudiando Administración de Empresas en la Universidad de Boston. Años después, sus tres hermanos también se irían a estudiar a Estados Unidos. Sin incluir los gastos de pasajes, vivienda y alimentación, los estudios de los Fujimori costaron más de cuatrocientos mil dólares. ¿Cómo el Presidente podía costear esos estudios si su sueldo oficial al mes, según él mismo declaró, era de menos de setecientos dólares? «[Keiko Fujimori] se educó en Estados Unidos con la plata sustraída a los peruanos. Y ahora le regalan un escaño», escribió el periodista de investigación Ángel Páez en el diario La República de Lima, poco después de que la hija Fujimori fuese elegida congresista. Keiko Sofía sonríe cada vez que le preguntan sobre el tema. No parece incomodarse con ello. En todo caso, sabe que, al haber elegido seguir en política, tendrá que seguir respondiendo de esa manera, sin responder del todo.

–Cuando mi papá renunció a su cargo –dice Keiko Sofía, en su casa– me dije que ése era el momento perfecto para hacer lo que me gusta.

Quería poner una empresa, «que nadie me fastidie». Se casó con el norteamericano Mark Villanella, estudiaba una maestría en Estados Unidos, todo iba de acuerdo con sus planes hasta que su padre, ya detenido en Santiago de Chile, le pidió que regresara al Perú y liderara su partido político. Según Keiko Fujimori, ella lo dudó y conversó por horas con su esposo. Pero al final, dice, tuvo que aceptarlo. Los pedidos del padre, para la mayor de los Fujimori, son «deberes y responsabilidades» que deben cumplirse. Así lo había hecho muchos años antes, cuando recién empezaba el proyecto político de Fujimori. Keiko Sofía aún no cumplía los quince años y era la secretaria personal más joven y más cercana a su padre, candidato a la presidencia en 1990: la hija mayor repartía, junto a sus hermanos y primos, por las calles de Lima, calendarios y afiches del partido Cambio 90 con el rostro del entonces desconocido Fujimori. También pintaba paneles de propaganda, acompañaba al candidato en sus viajes al interior del país, en sus recorridos en un tractor al que llamaron Fujimóvil, y hasta se encargó de mecanografiar las ideas que su padre usaría en el debate televisado contra su oponente, el escritor Mario Vargas Llosa. Ya como hija del Presidente, cuando su madre, Susana Higuchi, denunció que la torturaban en Palacio de Gobierno, ella, Keiko Sofía, decidió reemplazarla como Primera Dama y declaró en una entrevista televisada: «Mami, como te lo dije una vez, antes de hacer algo piensa en nosotros, tus hijos, que te queremos mucho. Tú sabes a lo que me refiero». ¿De qué lado estaba la primogénita Fujimori?

Ahora, sentada en su curul del Congreso de la República, si Keiko Sofía voltea hacia su izquierda, encontrará a Carlos Raffo, el publicista de Alberto Fujimori y creador de la pegajosa canción de tecnocumbia llamada «El ritmo del Chino», Chino, Chino, Chino. Si voltea hacia la derecha, puede conversar con el hijo de uno de los mejores amigos de su padre y fundador del partido Cambio 90, Renzo Reggiardo. Si mira hacia atrás, allí está Víctor Rolando Sousa, uno de los abogados de su padre y, junto a él, Alejandro Aguinaga, ex ministro de Salud del gobierno de Fujimori y, muy cerca de él, su tío Santiago Fujimori, hermano del ex presidente. Todos sentados en torno a ella, presidenta de los trece integrantes que conforman su grupo político en el Parlamento. «Es una bancada patrimonial –dijo Fernando Rospigliosi, periodista y ex ministro del gobierno de Alejandro Toledo–, donde está la hija, el hermano, el abogado, el empleado; y que tiene un objetivo: defender a Alberto Fujimori y a la mafia fujimorista». Puede ser. En todo caso, no es posible saber si es que la hija mayor ha asumido de verdad el liderazgo de su grupo político o si sólo es un reemplazo temporal, y mucho más carismático, de su papá.

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